Solo cuando fantaseo me permito escribir sobre algo que no forme parte de mi experiencia personal. No soporto aquellas novelas o películas cuyos autores se atreven a recrear situaciones que son mías, forman parte de mi experiencia, y me irrita, me saca de mis casillas cuando detecto los errlores que cometen.
En julio/agosto de 1936 todavía me faltaban unos años para salir a escena. Por eso antes que inventar o suponer lo que sucedía en las calles de Barcelona y en las almas de sus habitantes en esos días prefiero hacer uso de las informaciones que recibían, lo que nos puede dar una idea más precisa de sus sentimientos y tremores.
El 19 de julio, un día después del alzamiento militar, en todos los diarios de la ciudad apareció una información de las Generalitat en la que se comunicaba que a partir de ese momento, todos los medios de comunicación quedaban intervenidos. Esto significaba ni más ni menos que la extinción de la libertad de prensa. Por consiguiente, y aquí si debo de hacer uso de la inferencia, he de suponer que los sueltos de prensa que incluyo aquí serían como la cumbre del iceberg de una situación que probablemente sería mucho más grave y terrorífica.
En1936, Barcelona era la ciudad de España con mayor número de aparatos telefónicos instalados, unos 60.000 aparatos. Como es natural sólo aquellas familias que disponían de un presupuesto desahogado tenían teléfono en casa. Esto me lleva a pensar que las líneas arderían y en las conversaciones se cruzarían informaciones y comentarios de lo más terrorífico.
En el suelto que hace referencia al hallazgo de un número determinado de cadáveres dispersos por diferentes puntos de la ciudad, no se que es más impresionante si el hecho en sí de encontrarse con cadáveres por la ciudad, o el hecho de que ni por un momento se mencione quiénes podrían ser aquellos personajes que habían muerto en la calle asesinados.